Las declaraciones de Marcelo Saín siempre requieren una lectura en dos niveles: el del analista que comprende la teoría criminológica y el del exfuncionario político que busca justificar su propio paso por la gestión pública.
La grave hipótesis del pacto y la falta de pruebas
Saín lanza una acusación de extrema gravedad. Sugiere que la actual baja de homicidios en Rosario bajo la gestión de Pullaro se debe a una negociación para ordenar el mercado tras la crisis de marzo de 2024.
Esgrimir esta teoría sin aportar pruebas concretas es una jugada política temeraria. Al reducir la caída de la violencia a un supuesto pacto oscuro, Saín desmerece el impacto de políticas públicas objetivas y visibles, como el endurecimiento de los controles en los pabellones de alto perfil, la reubicación de presos y la mayor saturación policial en las calles. Funciona como un intento de invalidar cualquier éxito de la gestión actual, encuadrándolo en la misma lógica delictiva.
El exministro acierta al señalar que el narcomenudeo y la disputa territorial en Rosario tienen raíces que se remontan a 2012, diferenciando a la ciudad del resto de la provincia.
Si bien el diagnóstico histórico es correcto, en boca de un exministro suele funcionar como una coartada perfecta. Al enfatizar que el problema es estructural y de larga data, Saín diluye su propia responsabilidad frente a la falta de resultados durante su mandato (2019-2021), un período en el que la tasa de homicidios también experimentó picos alarmantes. Conocer la historia no exime a la autoridad de la incapacidad para modificarla.
El oportunismo en el conflicto policial
Saín señala el hastío de la fuerza policial, los bajos salarios y critica que los aumentos actuales dejen afuera a una gran parte del personal.
Resulta profundamente paradójico que Saín se posicione hoy como un analista empático de las condiciones laborales de la policía. Su propia gestión estuvo marcada por un nivel de confrontación interna sin precedentes con la fuerza de seguridad santafesina, generando renuncias, desplantes y un quiebre en la cadena de mando. Su repentina preocupación por el hastío policial suena a un uso oportunista de la coyuntura para golpear al gobierno actual.
La justificación de sus errores
Al referirse a su relación con Omar Perotti, Saín argumenta que lo dejaron solo, que había celos políticos y que por eso terminó comunicando por Twitter.
Esta es, quizás, la postura más endeble de su entrevista. Traslada el cien por ciento de la culpa al exgobernador y a la falta de estrategia del gabinete. Sin embargo, omite toda autocrítica sobre su propio perfil confrontativo. Utilizar Twitter para emitir declaraciones incendiarias, audios filtrados y provocaciones en medio de una crisis de sangre en Rosario no fue una imposición de Perotti, sino una decisión personal que desvió el foco de la seguridad pública hacia el escándalo mediático permanente.
El cierre de Saín, afirmando que la violencia no es negocio para nadie (porque las balas y los abogados son caros), es una clásica máxima de la sociología criminal que explica cómo los cárteles internacionales prefieren el silencio.
Esa teoría choca con la realidad del microtráfico rosarino. En nuestra ciudad, la violencia es el mensaje. Las bandas hiperfragmentadas y con líderes a menudo encarcelados (o de un perfil muy distinto al de los cárteles tradicionales) utilizan las balaceras y el terror no solo para vender droga, sino como un modelo de negocios en sí mismo: la extorsión a comerciantes, las usurpaciones y la demostración de poder en los barrios requieren, lamentablemente, de una violencia altamente ruidosa y visible.
El discurso de Saín expone a un hábil analista del delito que, al interpretar la realidad, no puede evitar diseñar un relato que justifique su propia incapacidad operativa cuando le tocó estar del lado de la toma de decisiones.