Es frecuente escuchar que la impronta de Maximiliano Pullaro se asemeja a la de Javier Milei por su forma disruptiva de ejercer el poder, pero esta lectura confunde el pragmatismo con el caos.
Ambos vienen de matrices opuestas: uno es un radical de carrera con probada experiencia en el territorio; el otro, un outsider libertario. La verdadera diferencia radica en que, mientras Milei utiliza la disrupción casi como un fin en sí mismo —a menudo desgastando la institucionalidad—, Pullaro ha logrado innovar dentro de las estructuras tradicionales aplicando una autoridad estratégica y constructiva. Su modelo no es un salto al vacío, sino una renovación necesaria del ejercicio político.
Pullaro asumió con una postura de confrontación directa contra las bandas narco y el home office de los presos en las cárceles.
Decidió no retroceder ni ante las amenazas ni ante los paros. Su mensaje es: El Estado manda, no las organizaciones.
Para el Gobernador de Santa Fe el que las hace, las paga, buscando restaurar la autoridad frente a lo que él considera años de permisividad.
Apenas asumió, Pullaro mandó un paquete enorme de leyes a la Legislatura y logró que se aprobaran en tiempo récord (reforma judicial, emergencia en seguridad, etc.).
Él sabe que el capital político se gasta rápido. Aprovechó el envión del triunfo para pasar reformas que en otro momento hubieran sido imposibles de negociar.
En el manejo de la paritaria docente y estatal implementó el Programa de Asistencia Perfecta (que los gremios llaman presentismo) a pesar de las huelgas.
Su postura de “no hay plata para aumentos por encima de la recaudación” es el espejo provincial del “no hay plata” nacional.
Sin embargo, hay una diferencia clave entre Pullaro y Milei:
Aunque Pullaro “no se deja llevar puesto”, su método es distinto al de Milei:
Milei confronta para romper: Usa las redes sociales y el insulto directo para polarizar.
Pullaro confronta para ordenar: Es un político de aparato. No busca destruir las instituciones, sino usarlas para que respondan a su mando. Él sí cree en la gestión diaria (la “rosca” política), algo que Milei desprecia.
Se parecen en que ambos creen que ceder es el principio del fin, pero mientras Milei quiere refundar el país desde el mercado, Pullaro quiere reconstruir el poder del Estado desde la gestión.
Mientras a nivel nacional presenciamos un experimento constante que tensiona los límites institucionales al máximo, la provincia se erige como un modelo de gestión palpable. Pullaro ha demostrado en tiempo récord que se puede ser implacable contra el crimen y firme ante las presiones sectoriales sin necesidad de dinamitar las bases republicanas. Su modelo de poder no es un salto al vacío, es la reconstrucción estructural que marca un rumbo claro; un espejo de gobernabilidad en el que el resto del país bien podría mirarse.