Quienes opinan que la agresión sufrida por el ministro Fabián Bastia intentan construir una novela política compleja donde, con toda probabilidad, solo existe una crónica policial simple y triste.
Se acierta en una sola premisa: esto no es un hecho aislado. Pero yerra estrepitosamente en el diagnóstico de por qué no lo es. No es un hecho aislado no porque exista una conspiración de “internas radicales”, ni por un supuesto “clima de fricción” generado por la gestión, ni porque el ministro haya dejado de ser —según fuentes anónimas— el “muchacho solidario” de antes. No es un hecho aislado porque Santa Fe, como el resto del país, atraviesa una crisis de violencia social transversal. Intentar atar este episodio con la protesta de los empleados judiciales de 2024 o con el “estilo de conducción” en el norte santafesino es un ejercicio de forzamiento intelectual. Es querer ver una jugada de ajedrez donde solo hubo un tablero pateado. El agresor no es un comando organizado, ni un opositor planteando un debate ideológico. Es una persona que, según todas las evidencias primarias —más allá de que el artículo intente minimizar la hipótesis del alcohol—, actuó bajo un estado alterado.
La violencia no valida el análisis político
Se desliza peligrosamente que la “prepotencia” o la “arrogancia” que le atribuyen al ministro podrían ser el caldo de cultivo para esto. Falso. Eso es culpar a la víctima o justificar lo injustificable. Si un colectivero es agredido por un pasajero fuera de sí, no analizamos si el chofer manejaba con “soberbia”. Si una médica es insultada en una guardia, no buscamos si su “estilo de conducción” del hospital molestó al paciente. Entendemos que el agresor perdió los frenos inhibitorios. ¿Por qué cuando le pasa a un político buscamos explicaciones maquiavélicas? Lo que ocurrió en la calle General López tiene que ver con el estado del agresor, no con la investidura del agredido. El hecho de que se conozcan de la universidad o del partido es anecdótico; la violencia intrapersonal muchas veces ocurre entre conocidos. Politizar este desborde, buscando conectar puntos con “viejos vínculos” y “punteros de Vera”, nos distrae del problema real. El problema real es que los códigos de convivencia están rotos para todos: para el ministro que va a un bar y para el vecino que camina por la peatonal.
Repudiemos la violencia, sí. Pero no la usemos para pasar facturas de internas partidarias que, en este caso, sobran. A veces, un cigarro es solo un cigarro, y una agresión callejera es producto de una mente alterada, no de una estrategia política.