La política santafesina tiene una regla de oro: nadie resiste un archivo. En los últimos días, comenzó a circular con fuerza una CARTA ABIERTA titulada estamos agotados, dirigida al gobernador Maximiliano Pullaro. El documento, acusa al Ejecutivo provincial de deterioro salarial y curiosamente, de falta de diálogo. Sin embargo, al raspar un poco la pintura republicana de la misiva, aparece un trasfondo mucho más oscuro que lo conecta directamente con la intervención militar en la Universidad Nacional de Rosario.
Para entender el verdadero peso de esta crítica, es necesario viajar a las aulas de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la UNR.
El denunciante ha construido históricamente su identidad política desde un férreo “antialfonsinismo” y una oposición visceral a la Franja Morada en el ámbito universitario. Durante años, esa postura intentó vestirse con ropajes de resistencia nacional y popular. Pero hay un dato clave en su entorno familiar y académico que derriba ese mito, el rol de familiares cercanos a él durante el rectorado de Humberto Riccomi.
El filtro de la intervención
Humberto Riccomi fue el rector interventor de la Universidad Nacional de Rosario durante la última dictadura cívico-militar, una época marcada por las cesantías, la censura, la persecución y la desaparición de estudiantes y docentes. Mantener una cátedra y ejercer la docencia bajo la estricta y paranoica mirada de las autoridades de facto no era un mérito académico: era un síntoma de supervivencia garantizado, como mínimo, por la connivencia o el silencio frente a los filtros de inteligencia del “Proceso”.
Cuando la democracia retornó en 1983 y la Franja Morada arrasó en las universidades, lo hizo levantando las banderas de la normalización y empujando fuera de los claustros a las autoridades cómplices del régimen.
El rencor disfrazado de reclamo salarial
A la luz de este archivo, quien describe a Pullaro como alguien antidemocrático, ha tenido un histórico enfrentamiento con el radicalismo universitario, por lo tanto la carta abierta pierde su aura de debate ideológico y adquiere un tono mucho más sombrío. Su antialfonsinismo se parece menos a una disputa de modelos teóricos y mucho más al resentimiento de los sectores que se sintieron desplazados, cuestionados o arrinconados por el destape democrático que lideró la Franja Morada.
Esa es la matriz que hoy se reactualiza. El destinatario de sus críticas actuales es un gobernador que forjó su estructura de poder exactamente en esa misma escuela política de la UCR universitaria.
Quien hoy acusa al gobernador de gobernar sin escuchar y cuestiona su gestión democrática, guarda en su propio archivo lazos con la época más trágica de nuestra historia, donde en las facultades no había paritarias, ni cartas abiertas, ni diálogo posible. La misiva estamos agotados no es el grito de un vecino preocupado por la economía; es, en el fondo, el eco de un viejo pase de facturas de quienes nunca perdonaron a la democracia por haberles quitado el control de los pasillos.